domingo, 14 de octubre de 2012

"El lado oculto de las palabras. Mensajes de ida y vuelt



     "Las grandes palabras se utilizan con bajos fines, las pequeñas palabras se utilizan con fines elevados. Las grandes palabras son de uso corriente, las pequeñas palabras tienen una utilización estratégica" (Lao Tse)


     La tradición popular atribuye a este relato bíblico el origen de las diversas lenguas.
Pero su alegoría resume magistralmente la naturaleza múltiple de la palabra. Por medio de ella, somos capaces de crear o destruir, embelesar o envenenar, herir o curar. Con las palabras ocultamos nuestros pensamientos vergonzantes o expresamos nuestras emociones más sublimes.

     Las palabras son las mallas de la red en la que quedan atrapados nuestros recuerdos individuales y nuestra historia colectiva. Constituyen los ladrillos con los que se han construido las grandes obras de la literatura universal, que nos han hecho llorar y reír, apasionarnos y soñar, por hacerse eco de la misma vida con sus gozos y sus sombras, sus miserias y toda su grandeza. Como afirmó Lao Tse hace más de 2.500 años, las grandes verdades se expresan con palabras sencillas y las grandes palabras generalizan la mentira. Detrás de las palabras se esconden la intención o el vacío, los tópicos más frívolos o las más elevadas comprensiones.

     Hoy día las palabras nos invaden. Las pronunciadas y las escritas, las dichas y las que, apenas sugeridas, quedan flotando en el aire. Nuestro ruido mental es sobreestimulado y sale de nuevo afuera para engrosar el universo de estereotipos con los que nos defendemos. Se establece de este modo un terreno común de acuerdo, para proteger el territorio mucho más comprometido de una auténtica comunicación: una unión común con el otro.
     Los profesionales de algunas disciplinas científicas oscurecen a veces deliberadamente su lenguaje. El mensaje subyacente es doble. Para los legos en la materia: "Coto privado, prohibido inmiscuirse". Para los colegas: "Lo
expuesto es nuevo y meritorio: su ininteligibilidad es la prueba".

     Muchas tertulias parecen rendir culto a la Gran Ceremonia de la Vacuidad.
Tal vez su vértigo sólo oculte un único mensaje: "No tengáis miedo a la soledad ni a la muerte; las palabras nos harán olvidar el inexorable paso del tiempo".
Es entonces cuando el silencio se convierte en un bien tan preciado como el agua pura de manantial o el aire no contaminado y cuando, cual bocanada de aire fresco, nos llega la frase escrita en la puerta de algunos monasterios:
"¿Por qué romper el silencio si no es para mejorarlo?".
     Cada palabra puede tener múltiples connotaciones según dónde y quién la emplee. A fin y al cabo sólo son representaciones simbólicas de objetos, sentimientos o conceptos abstractos. El color y el olor se lo ponen los
prejuicios, la información previa y la experiencia personal.
Cada cerebro individual es un traductor simultáneo, más o menos fiel, de lo que oyen los oídos o lee la vista (o el tacto en el sistema Braille).
La simple palabra "casa" sugiere imágenes muy distintas a un esquimal que viva en un iglú, a un beduino que desmonte su tienda al ritmo de las estaciones, a un campesino mexicano de un pueblo colonial o a cualquier urbanista occidental que viva en un apartamento de bloques periféricos.

     A pesar de los diccionarios y de las Academias de la Lengua, las palabras, como los virus mutantes, se transforman cada día, aparecen y desaparecen, se mezclan y cambian de significado.
Las palabras no sólo tienen género, sino sexo e incluso connotaciones machistas, según las culturas.

     Las palabras, como las personas, tienen su sombra y su grandeza, sus intenciones dobles, que impactan como torpedos por debajo de la línea de flotación, y significados sublimes por encima del nivel de la intención.
Los lapsus ligüísticos están llenos de significados. Los tres volúmenes de La psicopatología de la vida cotidiana de Sigmund Freud constituyen toda una enciclopedia pionera de los mismos.
     Hoy día el lenguaje corriente identifica ya los "lapsus freudianos" como esas asociaciones aparentemente absurdas, esos errores y olvidos significativos, que revelan el subconsciente de quienes los cometen: la verdadera realidad oculta más allá de lo gramaticalmente expresado.

     En muchas ocasiones hasta las erratas de imprenta cobran su significado, como la encontrada en una Introducción a la programación neurolingüística, publicada en 1994, que explica que el nivel de aprendizaje espiritual es aquél en el que "consideramos y revisamos las grandes cuestiones matafísicas". Podemos preguntarnos si el traductor o el corrector de pruebas pensó que lo metafísico "mata" simplemente el nivel físico.
     Se dice que más vale una imagen que mil palabras, pero una imagen capaz de transfigurar la realidad es capaz de ser evocada por un solo verso inmortal. Pocos, como el poeta peruano César Vallejo han descrito con menos palabras el dolor profundo ante la muerte de un ser querido, que asocia a algo tan sencillo como el sentimiento de impotencia cuando se nos "quema el pan a la puerta del horno" o a los efectos devastadores de "cien caballos de Atila", en su
poema que empieza: "Hay penas en el alma...!

     Cuando la palabra surge del propio organismo, de la experiencia vivida o del silencio interior es capaz de mover montañas. Es de aquí de donde surgen las palabras que curan, que se transforman en bálsamo milagroso para quien
sufre, por estar impregnadas de compasión compartida.
Son las palabras de poder que crean realidades en armonía con la Gran Realidad.
Tal vez porque pronunciar el verdadero nombre de las cosas signifique conocer su esencia íntima y poseerlas. Es así como Gedo, el protagonista de epopeya, "El mago de Terramar", podía hablar con los animales, porque conocía su verdadero nombre secreto.

    Todas las antiguas Tradiciones, poseen sus palabras sagradas que contienen el origen y el fin del Universo, la esencia divina.
En esos niveles, es la gran revelación de la Palabra, que se encarna, fundiendo Espíritu y Materia, lo divino y lo
humano.

Adaptacion del texto de Alfonso Colodrón

"El lado oculto de las palabras.
Mensajes de ida y vuelta"
por Graciela E. Prepelitchi

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